La historia del Doctor Muerte

Harold Shipman pasará a la historia con el triste sobrenombre de Doctor Muerte. Actuamente cumple cadena perpetua, la máxima pena en Gran Bretaña, en el penal de máxima seguridad de Frankland. Allí, este ex doctor de 55 años recibe las asiduas visitas de su esposa y sus tres hijos. Según la prensa local, sigue un horario estricto en sus pocos quehaceres y dedica su tiempo a aprender a traducir textos al braile. Shipman cumple condena por el asesinato de 15 de sus pacientes. Pero un minucioso informe ha revelado que la cifra de víctimas podría ascender a casi trescientas.

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La Universidad de Leicester ha hecho público un minucioso informe que ahonda en los historiales clínicos tratados por Harold Shipman en su carrera como médico de familia y su conclusión es escalofriante: probablemente 297 de sus pacientes no murieron por causas naturales. De ser cierto, estaríamos ante uno de los mayores asesinos en serie de la historia. La pregunta que ha saltado en la sociedad inglesa es: ¿cómo ha podido llevar a cabo sus crueles actos durante 24 años sin levantar las sospechas de las autoridades sanitarias o de los familiares de las víctimas?

Los psiquiatras se han remontado a un hecho crucial en la vida de Shipman que podría haber desencadenado sus posteriores asesinatos. Se sabe que en su adolescencia asistió a la lenta agonía de su madre, aquejada de un cáncer, y contempló como los médicos le inyectaban morfina para aliviar su sufrimiento hasta su muerte. Similar método utilizó en los asesinatos por los que ha sido condenado este hombre de buenos modales y pocas palabras, según quienes le conocen.

La adicción a la morfina le trajo su primer conflicto profesional. Tras salir de la facultad y empezar a ejercer, fue despedido del hospital en el que trabajaba por robar un compuesto de esta sustancia. Pero su primer desliz sólo lo pagó con una suspensión temporal. En 1974 abrió su consulta privada en Todmorden, en Yorkshire y luego se trasladó a Hyde, Manchester. Durante 24 años ejerció su profesión hasta que en agosto de 1998 la policía de Manchester encontró evidencias criminales en la muerte en extrañas circunstancias de veinte de sus pacientes. Los ojos se volvieron hacia lo ocurrido en ese casi cuarto de siglo, en el que a Shipman se le morían sus ancianas pacientes mayores de 75 años en una cifra desproporcionada.

Las revelaciones del estudio de la universidad de Leicester

Según esta investigación, numerosos indicios podrían haber permitido detener la escalada de asesinatos sin sentido de Shipman, pero inexplicablemente nadie sospechó nada de ellos. En total certificó la muerte de 521 personas, trescientas más que el doctor con más muertes certificadas de Reino Unido. El 80 por ciento de sus pacientes fallecían sin la compañía de un familiar, el doble de lo habitual. Un altísimo número de ellos fallecía en sus hogares o en su consulta, cuando lo más corriente es que los enfermos mueran en un hospital. Y la gran mayoría de ellos fallecían entre el almuerzo y la hora del té, aunque como las estadísticas indican, se registra el mismo número de fallecimientos a cualquier hora del día.

Pero sobre todo, nadie sospechó del elevado consumo que el doctor Harold Shipman hacía de diamorfina, una sustancia que inyectada a altas dosis resulta mortal. Y nadie se extrañó que este doctor estuviera presente en el momento de la muerte en un porcentaje 25 veces superior al habitual. Todas estas evidencias sólo fueron consideradas como una extraña maldición que pesaba sobre las pacientes del doctor Shipman. Incluso, por desgracia, es lógico pensar que los familiares de sus ancianas víctimas atribuyeran las muertes a su avanzada edad. Pero la policía de Machester encontró indicios de criminalidad en algunas de estas muertes en 1998.

El perfil de las víctimas: ancianas de más de 75 años

Los psiquiatras creen que existe una relación entre la presencia de Shipman a la lenta agonía de su madre enferma, a quien los doctores mitigaron su dolor con morfina, y el método con el que llevó a cabo sus crímenes. Las víctimas por las que se le ha condenado a cadena perpétua son, mayoritariamente, mujeres de entre 50 y 65 años, a las que con la excusa de querer aliviar su dolor, les inyectó diamorfina hasta causarles la muerte por sobredosis. Pero 236 de las casi 300 muertes que ahora se le atribuyen corresponde a mujeres de más de 75 años. Según Richard Baker, director de este estudio, la mitad de los 288 certificados que firmó el doctor Shipman entre 1985 y 1988 son “altamente sospechosos”.

El motivo de los asesinatos es del todo desconocido y Shipman sigue reiterando su inocencia a la vez que se ha negado siempre a hablar del tema con la policía o en su juicio. En la vista sólo se consiguió probar que en una sola ocasión se benefició de una de las muertes falsificando el testamento de una de sus víctimas y apropiándose así de una considerable cifra de dinero. Pero los psicólogos consideran que el caso sólo es una excepción. Quizás revivía una y otra vez el traumático episodio de la muerte de su madre. Quizás jugaba a tener en sus manos la vida y la muerte de esas personas. Sólo son suposiciones porque seguramente el propio Shipman desconoce la razón de los actos por los que se le ha condenado.

El gobierno de Tony Blair ha reaccionado a la polémica anunciando la creación de un organismo de control que evite que estos trágicos hechos se repitan. Se trata de un departamento bajo el nombre de Autoridad Nacional de Valoración Clínica, que se encargará de evaluar la actuación de un profesional médico en cuanto hubiera la menor sospecha de actuación indebida por parte de sus enfermos o sus familiares.

Harold Shipman no será juzgado por las nuevas acusaciones, pues ya cumple la pena máxima en Reino Unido, aunque los familiares de las nuevas víctimas potenciales intentan reabrir el juicio de cara a cobrar las pertinentes indemnizaciones.

Mientras tanto, según un rotativo local, Shipman cumple condena traduciendo al braile los best-sellers infantiles del conocido personaje Harry Potter.

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