La duración del dolor de espalda es peor que su intensidad

"Correlación entre el dolor, incapacidad y calidad de vida en paciente con lumbalgia" es el nombre de un estudio español publicado recientemente en la revista Spine y en el que se demuestra que la intensidad del dolor y el grado de incapacidad sólo determina el 27 por ciento de la calidad de vida el primer día de dolor, mientras que catorce días después condicionan hasta el 58 por ciento, convirtiéndose la duración en el factor clave que marca la mala calidad de vida de estos pacientes.

Enfermedades y patologías relacionadas: Dolor, Lumbalgia, Dolor de espalda, Dolor crónico

Más que la intensidad del dolor de espalda o el grado de incapacidad de la actividad al que se asocia, “lo que determina la merma de calidad de vida es el hecho de que se prolongue”, explica el doctor Francisco Manuel Kovacs, presidente de la Fundación Kovacs y primer autor de este estudio. “Así, un dolor e incapacidad pasajeros, aunque sean intensos, tienen poco impacto en la calidad de vida”, añade. Sus conclusiones parten de un estudio realizado sobre 195 personas con dolor lumbar que constó de una primera prueba y otra realizada 14 días después. La investigación permitió constatar que a medida que se prolonga el dolor, éste y la incapacidad van desmoronando la calidad de vida, lo que fuerza la importancia de adoptar medidas para mejorar el dolor y el grado de incapacidad de manera precoz, evitando que se cronifiquen.

Aún así, aunque el dolor influye en el grado de incapacidad y en la calidad de vida, no es el único factor que las determina. Por ejemplo y a su mismo nivel son condicionantes determinados factores de tipo psicosocial como puede ser la preocupación por la causa, el significado o las consecuencias del dolor, el miedo a agravarlo con ciertos movimientos o la preocupación porque pueda durar para siempre. Por ello, apunta el doctor Kovacs, “una mejoría relevante del dolor no conlleva necesaria e inmediatamente una mejoría del mismo grado en la incapacidad o la calidad de vida”. Ante posibilidades como ésta, los expertos recomiendan que cuando se evalúe un tratamiento se mida por separado su efecto sobre la intensidad del dolor, sobre el grado de incapacidad y sobre la calidad de vida, lo cual también puede aplicarse a la práctica clínica diaria.

La incapacidad, condicionante social

La intensidad del dolor y la pérdida de calidad de vida tienen una gran repercusión personal, pero la mayor parte del coste social no depende de estos factores sino del grado de incapacidad, puesto que la restricción de la actividad tiene repercusión laboral, y el dolor de espalda es un importante motivo de absentismo laboral. No es de extrañar si se tiene en cuenta que el 70 por ciento de la población general sufre dolor de espalda en algún momento de su vida, una dolencia que no sólo puede afectar a su trabajo sino también a la realización de actividades cotidianas como vestirse o andar.

Además, en el estudio se ha comprobado que algunos tratamientos son eficaces para mejorar el dolor pero que no influyen en el grado de incapacidad, y viceversa. Así, los fármacos han demostrado mejorar el dolor, pero no la incapacidad; la educación sanitaria mejora la incapacidad, pero no el dolor; y la llamada intervención neurorreflejoterápica (NRT) ha demostrado mejorar ambos aspectos. Por este motivo, también se especifica en el estudio que para valorar la situación de cada paciente es necesario utilizar instrumentos que hayan demostrado ser válidos para medir específicamente cada uno de esos parámetros.

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