El mal de altura

El mal de altura es un trastorno que sufre una de cada dos personas cuando se asciende rápidamente a lugares elevados. Habitualmente aparece a los 3.500 metros de altitud aunque hay personas que lo padecen a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar. Las molestias aparecen cuatro u ocho horas después de haber alcanzado el lugar elevado, derivando en complicaciones para el uno por ciento de la población, que pueden llevar, en casos extremos, a la muerte. Las personas mayores y las mujeres se ven menos afectadas por esta alteración.

Enfermedades y patologías relacionadas: General

La explicación a este trastorno radica en la menor cantidad de oxígeno existente en las grandes alturas unido al descenso de la presión atmosférica. Ante este cambio, y para su consiguiente aclimatización, el organismo desarrolla una serie de mecanismos con el fin de captar más oxígeno. Esta “hiperventilación” comprende aumentar el consumo energético, elevar el ritmo cardiaco y aumentar las respiraciones por minuto. Si no se desciende de altitud, y si estos mecanismos no resultan suficientes, pueden aparecer los primeros síntomas del mal de altura: dolor de cabeza, tos, insomnio, fatiga, falta de apetito, oliguria (orinar poco), náuseas, malestar general, desorientación y vómitos, principalmente. Si no se tratan estos primeros síntomas, el individuo puede experimentar consecuencias más graves, entre las que se encuentran el edema cerebral y el pulmonar. Aunque estas consecuencias más graves suelen padecerlas los alpinistas por las condiciones específicas de su ejercicio, el mal de altura se puede experimentar en países montañosos como Perú, Bolivia o México.

El edema

Un edema es el derrame de líquido desde los vasos sanguíneos hacia los tejidos, en los que permanece dicho líquido sin retornar a la sangre. Se presentan en todo el cuerpo aunque los más peligrosos son los que aparecen en los riñones, en los pulmones y en el cerebro. El de riñón, si bien puede provocar insuficiencia renal es reversible y poco común. El de pulmón conlleva un descenso en la captación de oxígeno lo que conduce a un aumento de la presión del “circuito pulmonar” del sistema vascular. Este fenómeno, conocido como hipertensión pulmonar es muy peligroso pues es fácilmente irreversible, pudiendo llevar al individuo al colapso. Síntomas de este tipo de edema son la sensación de ahogo, la respiración ruidosa y la expectoración espumosa; además los labios y habitualmente las orejas se ponen amoratadas o azuladas. El edema cerebral provoca una fatiga o debilidad extrema, vómitos, frecuentemente en escopetazo (sin previo aviso), dolor de cabeza insoportable, vértigos, e incluso trastornos de comportamiento.

Medidas a tomar

El mejor tratamiento consiste en no forzar al cuerpo con ascensiones bruscas sino aclimatarlo poco a poco. Por otro lado, si comenzamos a padecer los primeros síntomas, lo más prudente es descender a una altura donde nos encontremos más cómodos. Mientras tanto, o si nos es imposible regresar existen algunos consejos para paliar este trastorno. Conviene beber bastante agua para estimular la producción de orina, y para el dolor de cabeza, tomar un analgésico. Si decides realizar alguna actividad de alpinismo, procura no subir cansado, no ir muy alto ni muy rápido y por supuesto, no beber bebidas alcohólicas.

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