Aterosclerosis también en jóvenes

La aterosclerosis es una de las principales causas de enfermedad cardiovascular. Se produce por acumulación de células de contenido graso en el interior de la pared de los vasos sanguíneos, disminuyendo el flujo de sangre a través de éstos. Dichos ensanchamientos se denominan ateromas o placas de ateroma y pueden depositarse en cualquiera de las arterias del organismo. Cuando afectan a las arterias coronarias pueden ocasionar un infarto de miocardio.

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En España, al igual que en la mayoría de países de la cuenca mediterránea, los factores de riesgo de enfermedad coronaria (como el tabaquismo, la hipertensión arterial o la obesidad) son muy prevalentes. A pesar de esto, la incidencia de infarto de miocardio es baja y no ha aumentado en la última década, manteniéndose actualmente mucho más baja que en los países del Norte de Europa o Estados Unidos. O por lo menos así era hasta el momento.

Y es que un estudio demuestra la presencia inesperada de placas de ateroma en arterias de jóvenes, a pesar de los supuestos beneficios de la dieta mediterránea y en una proporción similar a la que se da en otras poblaciones con un índice de enfermedad coronaria mucho más elevado.

Esta investigación, realizada sobre 65 jóvenes fallecidos y llevada a cabo por médicos forenses del Instituto de Medicina Legal de Cataluña y por el equipo de Lípidos y Riesgo Cardiovascular del Institut d´Investigacions Biomèdiques August Pi i Sunyer (IDIBAPS), contribuye a reabrir el debate sobre hasta qué punto ayuda la dieta mediterránea a mantener la salud y sobre hasta que punto se mantienen verdaderamente unos hábitos de alimentación sanos en este país.

Porque, si fuera cierto que los beneficios del estilo de vida mediterráneo (la dieta, las costumbres o los factores ambientales) tienen efectos protectores frente al desarrollo de aterosclerosis, y por lo tanto de enfermedades cardiovasculares, ¿por qué las arterias de los jóvenes del estudio no estaban libres de ateroma?

¿Cae la dieta mediterránea?

La tan citada dieta mediterránea, cuya existencia suele ser bandera de todos los “mediterráneos”, parece que se está quedando más en teoría que en una verdadera opción alimenticia para el día a día. Y es que su combinación de productos completa y equilibrada ha ido perdiendo, en los últimos 30 años, el protagonismo que un día tuvo.

Así, la tendencia actual apunta a que se consumen muchas más grasas saturadas de las recomendadas (lo que serían grasas animales), cuando en realidad tendría que recurrirse a fuentes de grasa más saludables, como las grasas monoinsaturadas (aceite de oliva) o las poliinsaturadas (pescados azules), sin olvidar los antioxidantes (vegetales).

Estas directrices deberían ser las que realmente guiaran la dieta mediterránea, que no se ingiere automáticamente por el simple hecho de pertenecer a un país mediterráneo. Y decidirse por esta opción de alimentación, asociada tradicionalmente a un menor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, podría considerarse, hasta cierto punto, como un mecanismo preventivo muy saludable.

La enfermedad coronaria está latente

En relación a los hábitos a la hora de comer y a la aterosclerosis, una de las conclusiones que han sugerido los resultados del citado estudio a los expertos es que pueda darse un tiempo de latencia entre el aumento del consumo de grasas animales de una población y el aumento de las tasas de enfermedad coronaria. Es decir, desde el momento en que la población adopta la costumbre de consumir grasas animales y aumenta sus concentraciones de colesterol (esto ocurrió más tarde en el Sur que en el Norte de Europa o EEUU) hasta el momento en que esta concentración de colesterol motiva la formación de placas de ateroma y éstas dan manifestaciones clínicas de enfermedad coronaria, ha de transcurrir un cierto tiempo.

Podría ser que este tiempo de latencia se estuviese acabando y, consecuentemente, que pronto se empiece a notar un aumento de la frecuencia de infarto de miocardio. No está de más recordar que las enfermedades cardiovasculares, aquellas que afectan al corazón o a los vasos sanguíneos, son la primera causa de mortalidad en los países desarrollados, representando el 40 por ciento del total de muertes. Los motivos de esta cifra son diversos, aunque priman los malos hábitos como fumar, beber, llevar una mala alimentación y también el estrés.

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