Ántrax y bioterrorismo

Tras la tragedia del 11-S y varios atentados con cartas con ántras, Estados Unidos vive bajo la amenaza de un ataque con armas químicas, aunque las autoridades militares afirman haber tomado las medidas necesarias. La reciente muerte por inhalación de ántrax en Florida, y varios casos de contagio y exposición por atentados con cartas, en New Jersey y Washington, confirman los temores. Sin embargo los expertos recuerdan que existe un tratamiento contra el ántrax y que no se contagia entre humanos.

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Los sucesos del 11 de septiembre y los recientes atentados con cartas conteniendo ántrax han disparado la alarma en Estados Unidos ante la posibilidad de sufrir un ataque con armas biológicas. El descubrimiento de que personas vinculadas a la organización de Osama bin Laden habían practicado con avionetas de fumigación y la reciente muerte por ántrax en Florida – el primer caso ocurrido en Estados Unidos en 25 años, justo después del atentado contra el Worl Trade Center – han avivado el temor de los ciudadanos. Los expertos creen que su poder de destrucción masiva se ha sobrevalorado durante las últimas semanas y las autoridades militares norteamericanas aseguran que no hay indicios de que se prepare un ataque de estas características y que se han tomado las medidas necesarias para prevenirlos.

Sin embargo, los casos de ántrax en Florida, New Jersey y Washington a través de cartas, está siendo investigado exhaustivamente por el FBI.

¿Qué es el ántrax?

El ántrax está causado por el Bacillus anthracis y afecta a los seres humanos por contacto con animales o productos elaborados con los productos de animales infectados, normalmente ganado vacuno, cabras y ovejas, aunque no se contagia de humano a humano. Pero es especialmente mortal por inhalación, lo que sumado a su facilidad de difusión por esporas hizo plantear su uso como arma biológica en la segunda mitad del siglo XX por varias potencias, entre ellas Estados Unidos y Rusia.

Según el Centro de Estudios para la Biodefensa Civil de la Universidad Johns Hopkins de EE.UU, el número de países que se cree que poseen programas de armas biológicas ha crecido de diez en 1989 a diecisiete en 1995, aunque no se conoce el número de estados que podrían experimentar con ántrax. Su desarrollo no necesita de un gran potencial económico, como demostró el atentado organizado por la secta religiosa comandada por Aum Shinrikyo con gas sarín en el metro de Tokio en 1995, quién había desarrollado también otras armas biológicas, incluyendo el ántrax.

Su potencial destructivo es muy alto. Según las estimaciones de los especialistas, con las condiciones apropiadas de clima y viento, 50 kilos de ántrax lanzados desde un avión sobre una línea de dos kilómetros, puede crear una nueve letal de esporas de ántrax que se extendería a lo largo de veinte kilómetros. La nube no tendría ni un color ni un olor especial, por lo que es imposible de detectar tras su lanzamiento. Y por culpa del pequeño tamaño de las esporas, la gente en sus casas tendría el mismo riesgo de exposición que aquellos que estuvieran en la calle.

En 1970, un análisis de la Organización Mundial de la Salud calculó que el lanzamiento aerosolizado de ántrax sobre una población de cinco millones de personas provocaría unos 250.000 contagios y unas 100.000 víctimas mortales. Otro análisis de la Oficina de Asesoramiento Tecnológico de los Estados Unidos estima que el lanzamiento de 100 kilos de ántrax sobre su capital, Washington D.C, tendría el mismo poder destructivo que una bomba atómica, provando entre 130.000 y tres millones de víctimas. El peor caso real conocido fue un accidente en una base militar de experimentos biológicos en Sverdlovsk, Rusia, que en 1979 causó 79 casos de inhalación de ántrax, de los que 68 fueron mortales.

Otro de los problemas que hacen al ántrax más letal es su largo periodo de incubación, que puede durar entre seis y ocho semanas. Mientras que los primeros síntomas pueden darse entre los dos días después de la exposición y los 50 en casos excepcionales. Si no se administran antibióticos antes del desarrollo de estos síntomas, la tasa de mortalidad se estima en un 90 por ciento, siempre según datos del Centro de Estudios para la Biodefensa Civil de la Universidad Johns Hopkins.

Los síntomas pueden empezar como un resfriado de síntomas agudos, como problemas respiratorios y shock. Si es por consumo de alimentos infectados, se caracteriza por la inflamación del tracto intestinal, vómitos con sangre y diarrea. Además, el ántrax debe su nombre al término griego que designa al carbón, por las heridas negras que provoca en la piel del paciente.

Existe una vacuna

Los test para su rápido diagnóstico están disponibles en los laboratorios de referencia nacionales en EE.UU, pero ninguno está comercializado ampliamente. En 1970, Estados Unidos licenció una vacuna frente al ántrax para su personal militar, pero esta no ha sido aún producida en cantidad suficiente para la población civil y no está exenta de riesgo.

Tras la nueva amenaza, expertos de todo el mundo se han reunido para intentar reactivar el desarrollo de una vacuna más efectiva que pueda ser producida y distribuida fácilmente, descartando la posibilidad de vacunar masivamente a los ciudadanos. La falta de suficientes unidades de vacuna, sus peligros asociados y el hecho de que no haya indicios de que vaya a haber un ataque biológico, según los expertos militares, así lo desaconsejan.

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