El gran problema de los trasplantes de órganos: el rechazo

Canal: Profesional

El rechazo del órgano recibido sigue siendo el gran problema al que se enfrentan los pacientes trasplantados. "El rechazo agudo se produce de una forma natural, ya que es una respuesta fisiológica que induce al organismo del receptor a reconocer como extraños los antígenos del órgano donado a través de mecanismos celulares y humorales".

Durante el 6º Congreso de dicha Sociedad, que se ha celebrado recientemente en Barcelona, se han puesto de manifiesto los últimos avances en el tratamiento inmunosupresor para controlar el rechazo agudo. “Desde el año 1995 se han introducido varios inmunosupresores nuevos, como micofenolato mofetil, tacrolimus y, a punto de introducirse en España en este año 2001, rapamicina. Así, con la combinación de estos inmunosupresores hemos conseguido que la incidencia de rechazo agudo, que hace unos años se situaba en el 50 por ciento, haya disminuido hasta el 20 por ciento e incluso menos en el trasplante de riñón”, apunta el doctor Grinyó.

“Es bastante frecuente que el paciente presente rechazo sobre todo en los primeros meses”, explica la doctora Eulalia Roig, del servicio de Cardiología del Hospital Clínic de Barcelona. La especialista señala que en trasplantes de corazón, “alrededor de un 60 por ciento de los pacientes sufre al menos un episodio de rechazo durante su evolución. Ahora bien, hay enfermos que presentan varios episodios y esto es más difícil de controlar, una vez pasado el primer año el riesgo de rechazo disminuye significativamente”.

Con el fin de evitar el rechazo se suministran al paciente trasplantado los fármacos inmunosupresores, que tienen la capacidad de bloquear la respuesta del sistema inmune del paciente. El doctor José María Grinyó señala en relación a los últimos avances en este campo que “esta nueva generación de fármacos interfieren los mecanismos celulares que producen el rechazo y lo hacen interfiriendo la respuesta inmune del organismo en distintos puntos. De ahí, el interés en combinar distintos inmunosupresores que actúen sobre distintos mecanismos de respuesta”.

Nefrotoxicidad y otros efectos

El problema de los inmunosupresores es que se trata de unos medicamentos de banda “estrecha”, ya que los límites entre el nivel terapéutico y el nivel tóxico están muy próximos. Además también influye la diferencia de respuestas que pueden tener los pacientes, por este motivo los especialistas deben adecuar la dosis para cada caso. Uno de los principales efectos de los tratamientos inmunosupresores es la nefrotoxicidad, que puede llevar a que el paciente tenga que entrar en diálisis. “Aunque es complicado reducir la nefrotoxicidad, se pueden disminuir las dosis de los inmunosupresores más tóxicos, sustituyéndolos por otros fármacos que no presentan este tipo de efectos adversos”, explica la doctora Roig.

En este sentido, también apunta el doctor Grinyó que “se están diseñando pautas para minimizar su nefrotoxicidad, por ejemplo, reduciendo dosis, etc. Por otra parte, actualmente se piensa también que lo más adecuado es disminuir o eliminar el uso de esteroides para evitar co-morbilidad a largo plazo. Es decir, se trata de diseñar pautas de inmunosupresión de baja toxicidad tanto para el injerto como para el receptor”.

Otro de los factores de riesgo que se ven potenciados por el tratamiento inmunosupresor es la hipertensión arterial, ya que esta patología incide en el 40-70 por ciento de los pacientes que se someten a un trasplante. En esta cifra se incluyen tanto los pacientes que no eran hipertensos antes del trasplante, como aquellos que ya lo eran con anterioridad. A esto hay que añadir que algunos enfermos son también dislipémicos, por lo que aumenta bastante su riesgo cardiovascular.

La solución en estos casos pasa por evitar el sobrepeso, restringir el sodio en la dieta y, en caso de que sea necesario, el uso de fármacos hipotensores. “A veces mejora al reducir las dosis de inmunosupresores anticalceneurínicos, bajando ciclosporina o tacrolimus, y disminuyendo o retirando los esteroides. Siguiendo estas recomendaciones se puede lograr que estos enfermos no requieran fármacos antihipertensores o necesiten la mínima cantidad”, apunta el doctor Grinyó.

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