El consumo moderado de vino puede tener efectos beneficiosos en las enfermedades cerebrovasculares y el deterioro cognitivo

Canal: Profesional

En el marco del programa "Lavinia Meeting" -encuentros organizados con el objetivo de analizar diferentes aspectos del vino relacionados con otras temáticas sociales-, se ha celebrado una Jornada sobre Neurología y Vino, organizada por un grupo de Neurólogos de la SEN. Entre los objetivos de la Jornada estaba hacer una puesta al día de los efectos beneficiosos del vino en las patologías neurológicas, así como entender los mecanismos cerebrales que nos permiten disfrutar de él.

Durante el encuentro, los neurólogos han destacado que el vino, en especial los polifenoles, tienen un efecto beneficioso en las enfermedades cerebrovasculares y el deterioro cognitivo. En cuanto a las recomendaciones de consumo, los neurólogos que han participado en este encuentro han señalado que los efectos del alcohol siguen una curva en forma de “J”, dado que entre las seis y las 14 copas de vino semanales es cuando el riesgo de mortalidad es más bajo. Dicho riesgo se incrementa a medida que aumenta el consumo de alcohol.

El vino en el cerebro

El componente de alcohol del vino, así como su olor, sabor y vista, liberan en el cerebro una serie de sustancias que, por un lado, crean la reacción física de placer -sudoración, vasodilatación, etc.- y, por otro, el sentimiento, en este caso bueno. Estas sensaciones se guardan en la memoria y se realiza un aprendizaje progresivo que permitirá en un futuro diferenciar más sabores y olores, así como a relacionar estas sensaciones con sentimientos positivos. En estas reacciones está muy implicada la liberación de dopamina, una sustancia relacionada con los sentimientos de placer y recompensa.

“De joven no te gusta el vino, pero cuando empiezas a tomarlo y ves que el efecto y el gusto no es malo, lo asocias con situaciones agradables, empieza a gustarte y, finalmente, lo echas de menos de vez en cuando”, añadió a modo de ejemplo durante la jornada la Dra. Rocío García-Ramos, coordinadora del Grupo de Estudio de Epidemiología de la SEN.

Por otro lado, el Dr. Alberto Villarejo, miembro del Grupo de Estudios de Epidemiología de la SEN, habló durante la jornada sobre “los sentidos del vino”, para lo cual realizó una descripción de la anatomía y fisiología de los tres sentidos que más influyen en la apreciación de un vino o cualquier otro alimento: la vista, el olfato y el gusto.

También explicó cómo estos tres sentidos convergen en diferentes regiones cerebrales que se encargan de procesar aspectos como el reconocimiento del alimento, su intensidad, temperatura, textura o contenido graso. “La interpretación conjunta de estas características, unidas a otras sensaciones como el hambre, sed o mecanismos de recompensa, llevan a que un alimento nos resulte agradable o desagradable”, señala el doctor Villarejo. Los principales centros cerebrales encargados de esta integración sensorial son la corteza orbitofrontal medial y la circunvolución del cíngulo.

Existen experimentos recientes realizados con resonancia magnética funcional, que analizan aspectos como las diferencias entre las áreas cerebrales que se activan en sumilleres y aficionados no profesionales, la influencia del color en la interpretación de olfato y gusto, o del precio del vino como factor determinante para que nos guste. “Parece indudable que si sabemos que un vino es caro, nos gustará más, lo que demuestra la modulación que el cerebro puede ejercer sobre los sentidos primarios”, añade el Dr. Villarejo.

El vino a lo largo de la historia

El vino forma parte de nuestra cultura desde hace unos 6.000 años, fundamentalmente en la franja mediterránea. Sin embargo, la consideración del vino por la sociedad ha cambiado a lo largo de su historia, sobre todo en las últimas décadas.

Los principales efectos beneficiosos descritos inicialmente por el famoso cardiólogo Heberden en 1786 son: la disminución de la mortalidad, tanto global como por causa cardiovascular, y la reducción de episodios vasculares.

Hasta los años 60, el vino estaba considerado como un alimento más, muy arraigado en la cultura mediterránea. Sin embargo, a mitad de la década de los 90 se empezó a hablar de los efectos beneficiosos de un consumo moderado de vino sobre la salud. Estos efectos beneficiosos son el resultado de las conclusiones del estudio Monica que dio lugar a lo que hoy conocemos como “paradoja francesa”.

Hoy día se sabe que el vino, en especial los polifenoles, tienen un efecto beneficioso en las enfermedades cerebrovasculares y el deterioro cognitivo. “La paradoja francesa” es un hecho nutricional que surgió en Francia y que representa la aparente compatibilidad de una dieta alta en grasa y factores de riesgo para enfermedades cerebrovasculares y la baja incidencia de cardiopatía isquémica y que ha sido atribuida al consumo regular de vino tinto. En este sentido, países como Francia, España, Portugal, Grecia o Italia se encuentran entre los países con mayor consumo de vino y menos mortalidad cerebrovascular.

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